En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón, puro y solo.
El viento lo despierta, toca su centro
y lo suspende en luz que sonríe para nadie:

¡cuánta belleza suelta!
Busco unas manos, una presencia,
un cuerpo, lo que rompe los muros y
hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí, huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías, labios
que sueñan labios, manos que sueñan pájaros...
Y algo que no se sabe y dice «nunca» cae del cielo, de ti, mi Dios y mi adversario
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